25 de Setiembre 2017

Reflexión frente al animalismo expresado en las redes por la muerte de un can rescatista

Colaboración de Samuel J. Soldevilla Burga

Nadie puede negar que existe un sano aprecio por parte de las personas hacia algunos animales que, dependiendo de la cultura local, podrían considerárseles incluso como mascotas. Dentro de este sano aprecio se entiende (racionalmente) que sea completamente legítimo el servirse de ellos para el alimento, la confección de vestidos, etc. Incluso los experimentos médicos y científicos en animales son prácticas moralmente aceptables, si se mantienen en límites razonables y contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas. Bajo este sano aprecio se entiende que es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas, la palabra clave aquí es necesidad ¿necesidad de quién? Pues del ser humano.

En las últimas décadas, como parte de la vorágine decadente en la que está sumergida la sociedad post-moderna, este sano aprecio ha sido completamente trastocado, degenerando así en situaciones cada vez más risibles como lamentables, situaciones que colocan al animal por encima del ser humano. Esto evidentemente por un desconocimiento total de la propia dignidad humana. A este fenómeno se le conoce como “animalismo”, que no es otra cosa que atribuir la dignidad propia y exclusiva del ser humano a los animales. Se les considera sujetos de pensamiento, inteligencia y voluntad cual se tratara de personas humanas. Ser animalista forma parte de la agenda políticamente correcta.

Recientemente hemos visto, a raíz de los desastres en el país hermano de México, cómo por redes se ha hecho famosa la labor de rescate con perros. El can Frida ha tomado notable protagonismo y no es para menos ya que cuenta con un historial de 56 personas rescatadas. Sin embargo el acto queda desvirtuado cuando aparecen animalistas denunciando que los canes no mueren rescatando personas sino que son asesinados adiestrándolos para arriesgar su vida en contra de su voluntad. Este tipo de reclamos forma parte de una larga lista de actos irracionales entre los que se cuentan funerales a pavos en un super mercado, música clásica exclusiva para perros, gastos millonarios en mascotas, etc.

Por un lado el fenómeno parte de la carencia de conocimientos antropológicos más fundamentales como es la noción misma de persona, nociones que para su comprensión demandan un interés intelectual propio de quien desea conocerse a sí mismo, hoy ese interés está obnubilado con la explotación de los aspectos pasionales y sentimentales del día a día, creando así masas movidas no por razones sino por impulsos sensuales. Por otro lado están los “progres” que se quedaron huérfanos y sin sustento ideológico tras la caída del muro de Berlín, gente que en un primer momento no les quedó de otra más que abrazarse al feminismo, ecologismo, animalismo, etc. Gente que buscó un proletariado por el qué reclamar, justificando así su patética vida. En la actualidad la juventud termina adhiriéndose a este tipo de corrientes por moda y por impulsos sentimentalistas, de allí que sea casi imposible razonar con este tipo de activistas. Su cerrazón llega al punto de considerar la vida de un bebé en gestación o la de un anciano gravemente enfermo menos valiosa que la de un mono tití o una rana bermeja. Quiere incluso atribuirle derechos a los animales ¿tendrán idea de la diferencia que hay entre un sujeto de derecho y un objeto de derecho? Para nada, ellos pueden hablar en el campo que les dé la gana sin conocimiento de causa, por eso que son capaces de decir que a los perros los adiestran en contra de su voluntad ¿Desde cuándo los perros tienen voluntad? En su mundo de unicornios rosas creen que los animales son como los que aparecen en Disney, con capacidad reflexiva y de decisión.

No creo que ni siquiera Dalí, Breton o Buñuel hubieran sido capaces de predecir en sus más delirantes ensoñaciones surrealistas un absurdo semejante al que vivimos hoy en día con los animalistas. Es decir ¿Habrá algún animal que por más inteligente que sea tenga como potencialidad inherente a su naturaleza el poder erigir civilizaciones? Evidentemente que no, sin embargo son más valiosos que cualquier ser humano. Le llaman virtuosos a los perros rescatistas, yo me pregunto ¿tendrán al menos la más remota idea de lo que es la virtud? ¿Serán capaces de comprender la dimensión moral de esa afirmación, pero claro, son de esos que confunden religión con moral. Lo peor de todo es que este fenómeno idiotizador es bien utilizado por élites gobernantes felices de tener gente predispuesta a aceptar como verídicas todas las barrabasadas que se les ocurra contarnos, se consigue que la idiotez del conjunto de los miembros de la comunidad vaya en una misma dirección, es decir, se homogeniza la estulticia del grupo, lo cual hace que, no sólo sea más fácil su manipulación, sino también mucho más efectivos los resultados de la misma, al operar sobre una masa humana compacta y sin fisuras, uniforme. Además, y no menos importante, al crearse un particular consenso en la idiotez, se consigue garantizar también un cierto nivel de estabilidad sistémica o paz social (la paz de los idiotas).

En fin, si tomáramos consciencia de que se puede amar a los animales sin desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos todo este rollo ridículo se acabaría.

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